4.18.2020

Asrael, la historia de un boxeador frustrado / Cuento inconcluso/


Asrael

Nací en 1979. Soy hijo de Ricardo y Aldana. Nací en las montañas de Córdoba. En mi casa se escuchaba rock psicodélico. La banda favorita de mi padre era, en aquél entonces, Iron Butterfly. La de mi madre, Jefferson Airplane. Soy el menor de cuatro hermanos: Iris, Moriarty, Luz, y yo: Asrael. Vivíamos en un pequeño cuarto. El patio era el monte. Había un arroyo cerca. Mi papá vendía collares, marihuana, lencería fina y pan casero. Mi mamá era profesora de historia, de yoga, de música, y también cocinaba el pan que mi papá vendía. El día en que nací, sonaba la canción “Are you ready” de Pacific Gas & Electric. Tal vez por eso me guste tanto tocar el bajo eléctrico. Nací en mi casa. Casi muero de frío. A decir verdad, en invierno casi moríamos de frío todos. Los olores de mi infancia que recuerdo tienen que ver con vegetales quemándose. Leña, papas, marihuana. También recuerdo que mi abuelo materno llevaba muchas latas y muchos paquetes de fideos. Y que mi mamá rechazaba la ayuda. Decía que era comida procesada. Discutían. Finalmente terminábamos cenando todos juntos un rico guiso de fideos moñito con caballa y arvejas.
Mi padre Ricardo se hacía llamar “El viejo”. A los cuarenta años tenía el pelo totalmente blanco. Y el cuerpo de un chico de veinte. Le gustaba nadar. Y también le gustaba surfear. Decía que aprendió cuando hizo la secundaria en California. Pero en las montañas de Córdoba no hay mar. Aunque sí había un lago cerca. Entonces “El Viejo” nadaba. Varias a veces a la semana. En invierno no. Mi madre no se hacía llamar de ninguna manera, digo, estaba contenta con su nombre. Ahora que lo pienso, era un nombre adecuado para la época y las circunstancias: Aldana Beatriz Tornese.
Ricardo Miguel Escalante y Aldana Beatriz Tornese se conocieron en la ciudad de Buenos Aires, a fines de la década de 1960. Ambos eran estudiantes de Historia. Ricardo abandonó, Aldana se recibió. Se casaron cuando Aldana quedo embarazada de mi hermana Iris, que nació en 1968. Hicieron muchas cosas divertidas, atravesaron límites, dispararon armas de fuego, y terminaron viviendo en las montañas de Córdoba, en donde tuvieron cuatro hijos en seis años. Aunque parezca increíble, en la década de 1980 eran los único hippies de la zona. Y nosotros cuatro, los únicos cuatro hijos de hippies en la zona. Por eso nos costó mucho encajar, aunque finalmente aprendimos lo que todo niño bien educado debe aprender: a tener amigos.


Chorizo Balmaceda

La primera piña la dí cuando tenía 9 años. Año 1983. La ligó el Chorizo Balmaceda. Un gordo patotero a quién le gustaba molestarme. Fue a la salida del colegio. Se armó un picado. Puse mi buzo norteño de lana de llama como poste de uno de los arcos imaginarios. El Chorizo hizo un golazo, porque jugaba re bien al fútbol, y su festejo consistió en pisotear el buzo norteño de lana de llama. Entonces recuerdo que mi cuerpo se llenó de calor, mucho calor. Tanto que sentía que iba a explotar. Entonces sucedió algo en lo cual poco tuve que ver. Algo, o alguien, llevó ese calor corporal , lo teledirigió hacia una mano, mano que se cerró en puño, puño que estalló contra la cara de el Chorizo, quién quedo estirado en el piso, como una pequeña montaña cuya cumbre era un ombligo que no podía cubrir la camiseta de boca adidas. Sangre en la nariz. Festejo de los de mi bando, ya que ahora tenía bando. Y aparición de las autoridades escolares. Esa misma noche “El viejo” me felicitó, pero también me dijo que el camino siempre es el amor. Frase que me quedó grabada. A tal punto que después, en cada pelea que tuve, lo primero que buscaba era el camino del amor. Si no resultaba, hacía lo que mejor sabía hacer.
En los 80 Aldana se había entusiasmado con el rock británico. Más que nada con The Police. Era cierto que había un notable parecido físico entre el cantante y bajista Sting, y mi padre. Sólo que mi padre era unos 15 años más viejo que Sting. A mi madre le gustaba mucho la canción “Walking on the moon”, tal vez por eso me guste tanto tocar el bajo eléctrico. Mi padre decía que eso no era rock. Y utilizaba con frecuencia el término “maricas”. Tal vez para no ser maricas, mi hermano
Moriarty ( en el dni decía Pablo, pero todos le llamaban Moriarty, porque ese era el nombre que mis padres le quisieron poner y que el Registro Civil les negó) y yo nos agarrábamos a las trompadas muy seguido. Digamos que mi hermano eligió el camino del amor y le dijo a “El viejo” que ya no quería pelear más conmigo porque yo lo dejaba estropeado. Entonces mi padre me llevó a un club de boxeo del pueblo más cercano. Me dejó en la puerta , entró, habló unos minutos con el profesor, un tal “Hacha” Pereyra, y al salir me lo presentó.

-Es flaquito- dijo el Hacha.
-Pero pega, dijo “El Viejo”.
-A ver pegame acá, dijo el Hacha poniendo su hombro.

Cuando el hacha vió el medallón rojo en su hombro pareció sorprenderse. Al otro día estaba practicando boxeo en su gimnasio.


Adrián José


Adrián José Sarmiento tenía 17 años. Medía 1.72. Pesaba 62 kilos. Flaco, elegante, algo fanfarrón. Me duró medio round. Una vez más, no sabría como explicar lo que sucedió arriba del ring. Esa mañana había estado escuchando un disco de reggae que era de “El Viejo”. The Upsetters. Música relajante, tranquilizadora. Realmente no tenía ganas de ir a boxear. Debía caminar cinco kilómetros, esperar un micro que nunca tardaba en pasar menos de media hora, recorrer 35 kilómetros más hasta llegar a la terminal de Mina Clavero, en donde me esperaba el Hacha, en su peugeot 504 negro ex taxi. Hablar con el Hacha de como iba a ser la pelea, comer un sánguche de queso, porque en ese entonces era vegetariano, luego hacer un precalentamiento, estirar los brazos, subir al ring y cagarme a trompadas con un tipo que era más grande, más alto y más pesado que yo. Aún sin ganas, y motivado vaya a saber por qué cosa, hice el viaje. Caminar, colectivo, 504, sánguche, precalentar, subir al ring, mirarle el lóbulo de la oreja a Sarmiento, tirarle una mano llena de energía calórica a esa zona, acertar el golpe. Ver caer a Sarmiento. Escuchar los gritos del público. Y sentirme bien. Bajar, ducharme con agua fría. Hacha me lleva a la terminal. Tomar el micro. Bajar, caminar 5 km. Mamá dice ¿Y cómo te fue? Yo digo Gané. Lo noqueé. Le pegué en la oreja. Mamá dice “Algo me dice que no tengo que permitir que boxees, pero si es lo que te gusta no puedo obligarte a dejarlo”. Yo respondo, no sé si me gusta. Si me doy cuenta de que no me gusta, lo dejo. Ok, dice mi padre, entrando por la puerta y sumándose a la conversación. Iris, mi hermana mayor, me pregunta qué tal el disco de The Upsetters. Bien, le digo, muy bien. Salimos al patio. Iris tiene los ojos amarillos. Mis amigos dicen que es linda. No lo sé. Es mi hermana, pero es divertida. Me pide que le cuente la pelea. Le cuento que subí, y algo en mí detectó un pequeño sector de la cara de mi oponente, un círculo entre el lóbulo de la oreja y la mandíbula, y que sentí ese calor especial en el puño, y algo en mí lo dirigió hacia esa zona, con mucha fuerza y puntería. Sarmiento cayó como una bolsa de papas. ¿Cómo una bolsa de papas? Preguntó Iris. ¿Cómo caen las bolsas de papa?. Así, le dije haciendo el gesto con la mano. Como cae un árbol. Ah, como cae un árbol, repitió Iris. Sí, como cae un árbol, volví a decir.


Daniel juega de 10

Cuando cumplí 17, me torcí el tobillo. Ya tocaba algunas cosas en el bajo, y con otros chicos del pueblo armamos una banda. Hacíamos copias de Bob Marley, Sumo, The doors, y algunas canciones propias, las cuales consistían en una línea de bajo repetida ad infinitum, un par de acordes rítmicos, una batería que nos parecía bien tocada. Como nadie cantaba, tomé el mando. Improvisaba letras simples, que hablaban de lo que nos pasaba como chicos en el ambiente donde vivíamos, en realidad anécdotas cotidianas. “Hoy en la casa de Daniel / se cayó el ropero encima de la mujer/ del padre. Que no es la mamá de Daniel/ porque la mamá de Daniel se fue/ cuando él era un bebé. /Daniel no se queja/ es muy trabajador/ Su única pasión / es jugar al fútbol lo hace muy bien/ daniel es el diez / Ahora está en el sanatorio / cuidando a su madrastra/ Algo le dice que no está del todo bien/ debe ser difícil para él”
Esa canción era para Daniel, que jugaba de diez en el Atlético Las Moras. Un chico que gambeteaba muy bien, un zurdo a quién todos venerábamos por su clase y su estilo al jugar. Era como un bailarín, y además, bailaba muy bien. Las chicas lo seguían. El se las ganaba todas. Yo no. Pero lo mismo me alegraba, verlo a él con chicas de algún modo hablaba bien de nosotros, sus amigos. También debo confesar que a veces me daba envidia por lo bien que jugaba. Nada grave, sólo que cuando jugaba en contra mío y me pasaba o me dejaba pagando con alguna gambeta o algún lujo, un calor me recorría todo el cuerpo, un calor que necesitaba ser expresado de algún modo. Generalmente era expresado a través de una patada pegada con mucha puntería. Así fue como me torcí el tobillo, en un picadito en la canchita. Daniel hizo algún tipo de malabarismo y me dejó parado sin entender nada. Entonces se me vino ese calor, y lo corrí con todas mis fuerzas, hasta estar cerca de él. Ahí le lancé una patada voladora, pero él, tan rápido de reflejos y hábil con el cuerpo, me esquivó. Caí mal y me torcí el tobillo. Algunos se rieron, y muy pocos se preocuparon. El que se preocupó fue el Hacha, mi entrenador de boxeo, que al enterarse de mi lesión puso mala cara. Y dijo qué boludo que sos pendejo, como diez veces. Imagínense: Que boludo que sos pendejo, multiplicado por diez, o veinte veces. Entonces le dije, No podés decir otra cosa?. Y él me dijo que vaya al médico, y que me cuide, que por ahí en un mes podía volver a entrenar.



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