Asrael
Nací
en 1979. Soy hijo de Ricardo y Aldana. Nací en las montañas de
Córdoba. En mi casa se escuchaba rock psicodélico. La banda
favorita de mi padre era, en aquél entonces, Iron Butterfly. La de
mi madre, Jefferson Airplane. Soy el menor de cuatro hermanos: Iris,
Moriarty, Luz, y yo: Asrael. Vivíamos en un pequeño cuarto. El
patio era el monte. Había un arroyo cerca. Mi papá vendía
collares, marihuana, lencería fina y pan casero. Mi mamá era
profesora de historia, de yoga, de música, y también cocinaba el
pan que mi papá vendía. El día en que nací, sonaba la canción
“Are you ready” de Pacific Gas & Electric. Tal vez por eso me
guste tanto tocar el bajo eléctrico. Nací en mi casa. Casi muero de
frío. A decir verdad, en invierno casi moríamos de frío todos. Los
olores de mi infancia que recuerdo tienen que ver con vegetales
quemándose. Leña, papas, marihuana. También recuerdo que mi abuelo
materno llevaba muchas latas y muchos paquetes de fideos. Y que mi
mamá rechazaba la ayuda. Decía que era comida procesada. Discutían.
Finalmente terminábamos cenando todos juntos un rico guiso de fideos
moñito con caballa y arvejas.
Mi
padre Ricardo se hacía llamar “El viejo”. A los cuarenta años
tenía el pelo totalmente blanco. Y el cuerpo de un chico de veinte.
Le gustaba nadar. Y también le gustaba surfear. Decía que aprendió
cuando hizo la secundaria en California. Pero en las montañas de
Córdoba no hay mar. Aunque sí había un lago cerca. Entonces “El
Viejo” nadaba. Varias a veces a la semana. En invierno no. Mi
madre no se hacía llamar de ninguna manera, digo, estaba contenta
con su nombre. Ahora que lo pienso, era un nombre adecuado para la
época y las circunstancias: Aldana Beatriz Tornese.
Ricardo
Miguel Escalante y Aldana Beatriz Tornese se conocieron en la ciudad
de Buenos Aires, a fines de la década de 1960. Ambos eran
estudiantes de Historia. Ricardo abandonó, Aldana se recibió. Se
casaron cuando Aldana quedo embarazada de mi hermana Iris, que nació
en 1968. Hicieron muchas cosas divertidas, atravesaron límites,
dispararon armas de fuego, y terminaron viviendo en las montañas de
Córdoba, en donde tuvieron cuatro hijos en seis años. Aunque
parezca increíble, en la década de 1980 eran los único hippies de
la zona. Y nosotros cuatro, los únicos cuatro hijos de hippies en la
zona. Por eso nos costó mucho encajar, aunque finalmente aprendimos
lo que todo niño bien educado debe aprender: a tener amigos.
Chorizo
Balmaceda
La
primera piña la dí cuando tenía 9 años. Año 1983. La ligó el
Chorizo Balmaceda. Un gordo patotero a quién le gustaba molestarme.
Fue a la salida del colegio. Se armó un picado. Puse mi buzo norteño
de lana de llama como poste de uno de los arcos imaginarios. El
Chorizo hizo un golazo, porque jugaba re bien al fútbol, y su
festejo consistió en pisotear el buzo norteño de lana de llama.
Entonces recuerdo que mi cuerpo se llenó de calor, mucho calor.
Tanto que sentía que iba a explotar. Entonces sucedió algo en lo
cual poco tuve que ver. Algo, o alguien, llevó ese calor corporal ,
lo teledirigió hacia una mano, mano que se cerró en puño, puño
que estalló contra la cara de el Chorizo, quién quedo estirado en
el piso, como una pequeña montaña cuya cumbre era un ombligo que no
podía cubrir la camiseta de boca adidas. Sangre en la nariz. Festejo
de los de mi bando, ya que ahora tenía bando. Y aparición de las
autoridades escolares. Esa misma noche “El viejo” me felicitó,
pero también me dijo que el camino siempre es el amor. Frase que me
quedó grabada. A tal punto que después, en cada pelea que tuve, lo
primero que buscaba era el camino del amor. Si no resultaba, hacía
lo que mejor sabía hacer.
En
los 80 Aldana se había entusiasmado con el rock británico. Más que
nada con The Police. Era cierto que había un notable parecido físico
entre el cantante y bajista Sting, y mi padre. Sólo que mi padre era
unos 15 años más viejo que Sting. A mi madre le gustaba mucho la
canción “Walking on the moon”, tal vez por eso me guste tanto
tocar el bajo eléctrico. Mi padre decía que eso no era rock. Y
utilizaba con frecuencia el término “maricas”. Tal vez para no
ser maricas, mi hermano
Moriarty
( en el dni decía Pablo, pero todos le llamaban Moriarty, porque ese
era el nombre que mis padres le quisieron poner y que el Registro
Civil les negó) y yo nos agarrábamos a las trompadas muy seguido.
Digamos que mi hermano eligió el camino del amor y le dijo a “El
viejo” que ya no quería pelear más conmigo porque yo lo dejaba
estropeado. Entonces mi padre me llevó a un club de boxeo del pueblo
más cercano. Me dejó en la puerta , entró, habló unos minutos
con el profesor, un tal “Hacha” Pereyra, y al salir me lo
presentó.
-Es
flaquito- dijo el Hacha.
-Pero
pega, dijo “El Viejo”.
-A
ver pegame acá, dijo el Hacha poniendo su hombro.
Cuando
el hacha vió el medallón rojo en su hombro pareció sorprenderse.
Al otro día estaba practicando boxeo en su gimnasio.
Adrián
José
Adrián
José Sarmiento tenía 17 años. Medía 1.72. Pesaba 62 kilos. Flaco,
elegante, algo fanfarrón. Me duró medio round. Una vez más, no
sabría como explicar lo que sucedió arriba del ring. Esa mañana
había estado escuchando un disco de reggae que era de “El Viejo”.
The Upsetters. Música relajante, tranquilizadora. Realmente no tenía
ganas de ir a boxear. Debía caminar cinco kilómetros, esperar un
micro que nunca tardaba en pasar menos de media hora, recorrer 35
kilómetros más hasta llegar a la terminal de Mina Clavero, en donde
me esperaba el Hacha, en su peugeot 504 negro ex taxi. Hablar con el
Hacha de como iba a ser la pelea, comer un sánguche de queso, porque
en ese entonces era vegetariano, luego hacer un precalentamiento,
estirar los brazos, subir al ring y cagarme a trompadas con un tipo
que era más grande, más alto y más pesado que yo. Aún sin ganas,
y motivado vaya a saber por qué cosa, hice el viaje. Caminar,
colectivo, 504, sánguche, precalentar, subir al ring, mirarle el
lóbulo de la oreja a Sarmiento, tirarle una mano llena de energía
calórica a esa zona, acertar el golpe. Ver caer a Sarmiento.
Escuchar los gritos del público. Y sentirme bien. Bajar, ducharme
con agua fría. Hacha me lleva a la terminal. Tomar el micro. Bajar,
caminar 5 km. Mamá dice ¿Y cómo te fue? Yo digo Gané. Lo noqueé.
Le pegué en la oreja. Mamá dice “Algo me dice que no tengo que
permitir que boxees, pero si es lo que te gusta no puedo obligarte a
dejarlo”. Yo respondo, no sé si me gusta. Si me doy cuenta de que
no me gusta, lo dejo. Ok, dice mi padre, entrando por la puerta y
sumándose a la conversación. Iris, mi hermana mayor, me pregunta
qué tal el disco de The Upsetters. Bien, le digo, muy bien. Salimos
al patio. Iris tiene los ojos amarillos. Mis amigos dicen que es
linda. No lo sé. Es mi hermana, pero es divertida. Me pide que le
cuente la pelea. Le cuento que subí, y algo en mí detectó un
pequeño sector de la cara de mi oponente, un círculo entre el
lóbulo de la oreja y la mandíbula, y que sentí ese calor especial
en el puño, y algo en mí lo dirigió hacia esa zona, con mucha
fuerza y puntería. Sarmiento cayó como una bolsa de papas. ¿Cómo
una bolsa de papas? Preguntó Iris. ¿Cómo caen las bolsas de papa?.
Así, le dije haciendo el gesto con la mano. Como cae un árbol. Ah,
como cae un árbol, repitió Iris. Sí, como cae un árbol, volví a
decir.
Daniel
juega de 10
Cuando
cumplí 17, me torcí el tobillo. Ya tocaba algunas cosas en el bajo,
y con otros chicos del pueblo armamos una banda. Hacíamos copias de
Bob Marley, Sumo, The doors, y algunas canciones propias, las cuales
consistían en una línea de bajo repetida ad infinitum, un par de
acordes rítmicos, una batería que nos parecía bien tocada. Como
nadie cantaba, tomé el mando. Improvisaba letras simples, que
hablaban de lo que nos pasaba como chicos en el ambiente donde
vivíamos, en realidad anécdotas cotidianas. “Hoy en la casa de
Daniel / se cayó el ropero encima de la mujer/ del padre. Que no es
la mamá de Daniel/ porque la mamá de Daniel se fue/ cuando él
era un bebé. /Daniel no se queja/ es muy trabajador/ Su única
pasión / es jugar al fútbol lo hace muy bien/ daniel es el diez /
Ahora está en el sanatorio / cuidando a su madrastra/ Algo le dice
que no está del todo bien/ debe ser difícil para él”
Esa
canción era para Daniel, que jugaba de diez en el Atlético Las
Moras. Un chico que gambeteaba muy bien, un zurdo a quién todos
venerábamos por su clase y su estilo al jugar. Era como un bailarín,
y además, bailaba muy bien. Las chicas lo seguían. El se las ganaba
todas. Yo no. Pero lo mismo me alegraba, verlo a él con chicas de
algún modo hablaba bien de nosotros, sus amigos. También debo
confesar que a veces me daba envidia por lo bien que jugaba. Nada
grave, sólo que cuando jugaba en contra mío y me pasaba o me dejaba
pagando con alguna gambeta o algún lujo, un calor me recorría todo
el cuerpo, un calor que necesitaba ser expresado de algún modo.
Generalmente era expresado a través de una patada pegada con mucha
puntería. Así fue como me torcí el tobillo, en un picadito en la
canchita. Daniel hizo algún tipo de malabarismo y me dejó parado
sin entender nada. Entonces se me vino ese calor, y lo corrí con
todas mis fuerzas, hasta estar cerca de él. Ahí le lancé una
patada voladora, pero él, tan rápido de reflejos y hábil con el
cuerpo, me esquivó. Caí mal y me torcí el tobillo. Algunos se
rieron, y muy pocos se preocuparon. El que se preocupó fue el Hacha,
mi entrenador de boxeo, que al enterarse de mi lesión puso mala
cara. Y dijo qué boludo que sos pendejo, como diez veces.
Imagínense: Que boludo que sos pendejo, multiplicado por diez, o
veinte veces. Entonces le dije, No podés decir otra cosa?. Y él me
dijo que vaya al médico, y que me cuide, que por ahí en un mes
podía volver a entrenar.
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